M e topé con una situación poco común al finalizar la jornada laboral. Al emprender la vuelta a casa pude percibir que un compañero se puso muy mal. Al observarlo en la puerta de salida, me percaté que estaba llorando. Me acerqué a asistirlo y le pregunté si necesitaba algo. No quería ni mirarme de la verguenza y me respondió “estoy muy triste y me siento sólo”. Me comentó en ese mismo momento que uno de sus hijos estaba muy enfermo y lo habían llamado del hospital debido a que había sufrido un ataque. “Es muy pequeño, ya no se qué puedo hacer para ayudarlo”. Lo abracé y le respondí mirando a sus ojos “Nuestro Padre está observando desde el templo celestial a tu hijo. Lo está cuidando y guiando por el camino del Espíritu Santo. Puedes orar y pedir por su pronta recuperación y será la voluntad del Padre la que arribará como una suave brisa de paz que enriquece a tu corazón”.
En el preciso instante que las esperanzas desaparecen, que la Fe se pone en cuestionamiento o que ya nuestro cuerpo no recibe más fuerzas es donde tenemos que aferrarnos al Señor. Dar apoyo necesario para despertarse en esos momentos de desolación y de desarraigo debe ser algo que podamos estar dispuestos a dar. En el caso que no podamos acudir a alguien, debemos intentar orar desde el corazón para recobrar la iluminación que nos guía hacia el templo del Señor. Continuar los pasos del Salvador, abrazar su mirada y en comunión con nuestro ser, fusionar nuestros corazones para ser uno.