N adie está exento de fallar alguna vez. Al no ser perfectos, tenemos propensión a equivocarnos o actuar de forma errónea. Esto es absolutamente natural en el transcurso de nuestras vidas. Ante este tipo de circunstancias no debemos desfallecer, ni perder las esperanzas. La Palabra del Señor nos enseña que el error es una excelente oportunidad de enseñanza y superación.
Debemos considerar que, si bien estamos expuestos a fallar, también tenemos la virtud de enmendar nuestros errores, acercándonos de esa manera a la creación que El Señor quiere que seamos. Siempre y cuando obremos en los términos de Dios con Compromiso y Fe, rendiremos mayor Gloria a Su Perfecta Obra.

Todos sabemos muy bien que no somos inocentes. ¿Cuántas veces ignoramos la verdad?, ¿Cuántas veces no hemos cumplido con lo pactado?, ¿Cuántas veces nos hemos dejado ganar por el orgullo?, ¿En cuántas oportunidades no hemos sido capaces de perdonar?
Muchas veces pasamos por alto la vida que El Señor nos ha llamado a vivir y ante estos hechos podemos optar entre dos actitudes, dos formas de afrontar los obstáculos, dos caminos.

Por un lado, podríamos bajar los brazos y sumergirnos en la tristeza y la angustia. Podríamos pensar en rendirnos ante nuestra propia decepción de haber fallada al Altísimo. Podemos encerrarnos en la falsa percepción de que, hagamos lo que hagamos, jamás podremos resarcirnos con Dios Padre.

Por el otro, podríamos fortalecernos en nuestra Fe, recuperar las ilusiones, robustecer nuestra Sabiduría desde el aprendizaje de la falta cometida, con la certeza de que en la Misericordia del Señor seremos llamados nuevamente.

Pongamos, entonces, en Cristo nuestra mayor voluntad para poder caminar con renovada confianza junto a Él, consientes de que en Su Palabra siempre tendremos una nueva oportunidad y no habrá lugar para fallar.

La decisión está en nuestras manos y será nuestra acción la que decida si honraremos la segunda oportunidad que El Señor nos ofrece o si nos alejaremos de Él, distanciándonos de lo que Su Palabra nos dicta.

Dios nos espera con la Bendición de su Amor y Justicia. Caminemos a la Tierra Prometida junto a Su luz divina.